CON TODO LO QUE HAS HECHO POR MÍ...

En mi entrada anterior hablaba de la sensación que tuve, al entrar en mis Años Oscuros, de no merecer el buen trato de mis Padrinos, de no tener derecho a seguir molestando a una familia que no me debía nada pero a la que yo le debía todo. A mis seis años, cuando se fueron a vivir a otra ciudad, bien podían haberme dejado con mis padres. Teniendo en cuenta lo conflictivo que había demostrado ser mi padre ¿Para qué complicarse la vida? Ya tenían bastantes problemas con su mudanza y con la separación de sus padres. Pero lo hicieron. Mi Madrina “Menor” me decía, no hace mucho, que lo hicieron porque yo ya era una más en su familia. “¡Pero si ya vivías con nosotros! Sólo ibas a ver a tus padres algún domingo porque las condiciones de su vivienda eran insalubres para que te quedaras ahí. ¿Cómo te íbamos a dejar allí?” A mis trece años esa conexión familiar parecía seguir intacta hasta que yo misma empecé a dilapidarla. ¿Yo misma? Ahora empiezo a dudar en ser la única responsable del caos.

Sigo sin recordar la mayoría de lo que ocurrió cuando regresé con mis Padrinos para iniciar mis Años Oscuros. Sigue siendo una pesada cortina en mi memoria. El viento a veces la mueve ligeramente y me deja ver tan solo algún retazo, alguna imagen, algún “corto” de pocos segundos de película. Apenas el tráiler. Y el tráiler me muestra una casa nueva, un niño -el hijo de mi Madrina- de apenas un año, un pasillo y una conversación robada desde la puerta del salón donde ella habla con alguien por teléfono (creo que una de sus hermanas) a quién le dice: “No, la niña está bien. Pero no sé… se comporta como si sólo estuviera de visita…”.

Es posible que ahí ya empezara la idea de que ese ya no era mi sitio, y esas palabras reforzaran la sensación. A fin de cuentas mi madre y mi hermana se pasaron todo mi Año del Infierno aleccionándome, recordándome que mi Madrina no era de mi familia, que yo ya no pintaba nada con ella, porque obviamente querría más a su hijo porque era de su sangre. Y con el resto de mis Padrinos utilizaron el mismo argumento. Cuando mi madre y mi hermana no mostraban a los hijos de mis Padrinos como una barrera infranqueable para mí, reforzaban la idea de que yo les pertenecía, que así era la vida real, lo normal, porque ellos son mi familia, la única, la de sangre, la autentica, la de verdad. Durante aquel Año del Infierno eliminaron de mi vida todo recuerdo material de mis padrinos. Quemaron fotos, escondieron cartas, y no me daban acceso al teléfono desde donde podía hablar con ellos. Mi hermana intentaba dibujar una imagen estupenda del futuro haciendo planes, pintando estampas familiares maravillosas, como si a partir de entonces todo fuera a ser perfecto. La familia perfecta donde ya no tenían cabida madrinas que vivían lejos y tenían sus propios hijos. Y mientras tanto mi padre incrementaba su agresividad en los abusos. Si estás un año escuchando que esas personas que te cuidaban ya no te quieren ¿Te lo terminas creyendo? ¿O realmente mi Madrina me había apartado de su vida? A veces creo que mi hermana tuvo razón, pero por razones equivocadas.

Recuerdo mi vida de niña con mis padrinos. Cuando vivía en mi urna de cristal donde no había abusos. Recuerdo que me preparaban las tostadas del desayuno, me llevaban al colegio, se sentaban conmigo a hacer los deberes, me cortaban la carne de la cena, me contaban un cuento antes de ir a dormir, me dejaban una lucecita encendida porque me daba miedo la oscuridad… Todos tenían su cometido. Todos me daban un pedacito de sus vidas para compartir conmigo.

Ahora que lo pienso, lo que más recuerdo de mi Madrina, la principal, era su escudo. Mis padres a veces se presentaban en casa de mis padrinos sin previo aviso. Unas veces era mi padre, otras mi madre sola, otras mi madre y mi hermana. Tomaban un autocar y se hacían los 500 Km que separan ambas localidades y se plantaban en casa de mis Padrinos sin avisar. Entonces era mi Madrina quien tomaba las riendas, quién hablaba con ellos, quién establecía una barrera invisible que me protegía. Así lo sentía yo. En una ocasión recuerdo una discusión muy fuerte de mi Madrina con mi madre en la puerta de casa. Yo estaba escondida en el pasillo porque me habían mandado a mi habitación para que ellas pudieran hablar. Recuerdo cómo empezaron a incrementarse los gritos, las palabras hirientes, los reproches, los lloros… Cuando mi madre se fue mi Madrina me descubrió escondida tras la esquina y al ver mi gesto de preocupación y miedo me abrazó. “No te preocupes cariño, yo no dejaré que te hagan daño”. Yo no debía tener más de ocho años y mi Madrina era mi escudo, mi caballero andante luchando contra molinos que no eran sino gigantes. Y supongo que mi imaginación infantil creó sobre ella ese aura de super heroína de cómic, de Hada Madrina, de Diosa Olímpica que me protegería hasta la muerte.

Ella era la jefa, la que tomaba las decisiones, pero en realidad los cariñosos cuidados, los gestos de amor, me los daban también sus hermanos. Posiblemente incluso más que ella que estaba más centrada en mi educación y protección. Como esos padres de familia que apenas veían a sus hijos porque estaban siempre trabajando, procurando que a éstos no les faltase de nada. Del amor ya se encargaría su madre. Si, también la recuerdo dibujar en un papel a Caperucita y al lobo en la cama disfrazado de abuelita mientras me contaba el cuento, pero sobretodo recuerdo que era la guardiana y dueña del castillo donde yo me refugiaba de mis demonios. No fue hasta que volví a mis trece años con ellos, que se hizo evidente el papel de cada uno. Todos estaban casados, con sus nuevas familias, con sus hijos. Y ahí empezó también mi fragmentación. Ahí es donde pude comprobar que todo el cariño que había sentido en mi infancia no me lo iba a dar ella, porque ella no era la única que me lo había dado. No en las proporciones que yo recordaba. Así que me dediqué a buscarlo donde sabía que lo encontraría de nuevo. Ahora entiendo algunas razones para mis cambios de domicilio tan habituales durante mis Años Oscuros.

He hablado mucho de mi relación con mi madrina en este blog. Poco queda por contar. Pero ahora que estoy trabajando la relación con mi “yo” adolescente me he dado cuenta de la falta que yo tenía de la aprobación de mi Madrina, la imperiosa necesidad que sentía de que ella me aceptase en esa etapa de mi vida. Y no está siendo fácil porque siento que la traiciono si reconozco todo lo que hizo mal a mis quince años. E hizo mal muchas cosas. Lo podríamos llamar errores, nadie es perfecto, pero sus errores me han hecho mucho daño. Porque creo que ella no supo lidiar con una adolescente que, además, cargaba con un trauma de dimensiones siderales.

Cuando cesaron los abusos me quedé sola, desnuda, mojada, y abandonada. Nadie me ayudó. Tuve que ayudarme yo sola. Si, mis Padrinos me dieron nuevamente cobijo, comida y cama. Pero yo ya no estaba ahí. Yo estaba rota y nadie se quiso dar cuenta o no supieron cómo gestionarlo. Tuve que reconstruirme sola. Absolutamente sola. Y entonces las secuelas empezaron su fiesta particular. Mi autoestima por los suelos, la creencia de que yo no merecía vivir con mis Padrinos, los nuevos amigos de dudosa reputación, las drogas, el sexo…. Y la ira. La ira disfrazada de supuesta libertad, porque estaba harta de que todo el mundo, toda mi vida, me hubiera dicho lo que yo tenía que hacer: “Ahora vives aquí”, “Este año vuelves a cambiar de colegio”, Este verano te quedas más tiempo aquí”, “No hagas enfadar a tu padre”, “Ni se te ocurra salir con ese pantaloncito tan corto”, “Los niños no contestan al teléfono”, “Cómete el filete” “A las 22:00 horas en casa”, “Abre la boca”, “Abre las piernas”… Estaba tan cansada que es muy posible que, como muchos adolescentes, me rebelase. Ya en el instituto (la actual secundaria) empecé a ser borde con mis compañeros, como una forma de intentar evitar que nuevamente fuese el blanco de las burlas. Creí que una apariencia de “chica dura” tal vez ayudara pero no sirvió de mucho.

Bueno, para hacer honor a la verdad, hasta hace apenas un mes, yo estaba convencida de haber sido una autentica delincuente juvenil. De las que acaban en un correccional, como esos con los que mi hermana me asustaba de niña por seducir a mi padre, o en prisión si el juez hubiera considerado que yo era lo bastante mayor, pero que por fortuna había logrado esquivar la acción de la justicia. El hecho de no recordar casi nada de esa época me ha hecho pensar que yo debí ser así de mala persona. Era la única explicación que tenía para entender porqué mi Madrina me rechazó.

Porque eso si que lo sentía. Mi Madrina me rechazó. A mis quince o diecisiete años, no lo sé, pero creo que lo hizo. O al menos es lo que me hizo sentir. Lo sé porque si recuerdo no tener conversaciones con ella porque ya sabía que me iba a reñir. Dijera lo que dijera me iba a reñir. Recuerdo estar sentada a la mesa y no conseguir articular palabra porque no me atrevía a contarle nada. La conexión se había roto, y no recuerdo que ella hiciera algo por arreglarlo. Recuerdo estar encerrada en mi habitación y pasarme las horas llorando con la música del Walkman a todo volumen. Yo debía estar pasando por una depresión y ella no hizo nada al respecto. Todo por mi culpa. Todo por mi mal comportamiento. Debí ser tan mala persona -aunque no lo recuerde- que es lógico que ella decidiera desahuciarme. Si abandonó a sus gatos en un bar de carretera por el capricho de su nueva pareja, lo único que le impidió abandonarme como a ellos es porque le era de utilidad para cuidar de sus hijos, para ser su niñera. Eso es lo que al final me hizo sentir.

Y hace un mes, cuando entendí que el odio que siento por mi “yo Adolescente” viene porque me echo la culpa de haber roto mi relación con mi Madrina, me surgieron preguntas: ¿Por qué con mi “Madrina menor” no se rompió la relación? ¿Por qué con ella siempre ha existido confianza? ¿Por qué cuando pasaba periodos en su casa nunca tuve miedo a su reacción? ¿Es que conseguí engañarla mejor? ¡Maldita sea, apenas me acuerdo! ¿Qué hice mal? ¿Hasta dónde llegue a hartar a mi Madrina? ¿Qué cosas horribles he hecho que no recuerdo? ¿Cómo era yo con quince años? ¿Realmente fui la responsable de que mi Madrina se distanciase de mí todos estos años?

Así que busqué las respuestas en la única fuente fiable que queda de mi infancia: Mi “Madrina 2”. Sigue siendo la principal -y única- persona de mi familia con la que mantengo total confianza para hablar de mis abusos, que me ha mostrado su apoyo sin salir corriendo y sin juzgar. Me dio una bofetada de realidad. Afirmó que yo tenía muchas discusiones con mi Madrina porque, en su opinión, quería controlarme como cuando yo era niña, y yo ya no era una niña. Me aseguró que mi adolescencia no fue nada fuera de lo normal. Que la imagen que yo tengo de mí misma es exagerada y falsa.

Recordó cuando a mis quince o diecisiete años le dije que los abusos de mi padre habían sido mucho más prolongados en el tiempo y con “escenas” mas duras. Y recordó que no dudó de mi relato ni un momento. ¿Por qué mi Madrina lo negó? Incluso mi Madrina Menor me contó algo que yo aún no recuerdo: Mi Madrina (la principal) me cerraba alguna vez la puerta de su casa cuando yo llegaba más tarde de la hora. Entonces me iba a casa de su hermana. Otra de las razones de mis habituales cambios de domicilio durante mis Años Oscuros. ¿Es costumbre cerrarles la puerta a tus hijos adolescentes si se saltan el “toque de queda”?

Creo que ahora empiezo a ver el conjunto. Creo que mi Madrina empezó un trabajo conmigo que dejó a medias pero la que se sintió culpable, la que corrió con los gastos, fui yo. Me abandonó justo cuando aún la necesitaba. Me abandonó justo cuando acababa de salir del infierno y necesitaba apoyo y consuelo. ¿Acaso yo no cumplía con sus expectativas? ¿Fue porque dejé los estudios, porque no conseguía mantener un trabajo? ¿Qué ocurría? ¿Por qué yo era incapaz de hablar con ella igual que hablaba con su hermana? ¿Mi Madrina no sabía qué hacer? Su hermana tampoco sabía, pero su hermana no me abandonó.

Cuando mi Madrina me dijo que yo era como mi padre (igual que me lo dijo mi hermana) me sentí herida de muerte en la poca autoestima que me quedaba. Fue una puñalada en el corazón que me confirmaba que ella tenía razón, que yo era tan odiosa como mi padre y que ya no quería saber nada de mí. Son palabras que aún me duelen y que no le puedo perdonar, por más que su intención hubiera sido la de espolearme, porque creo que fueron las que rubricaron el cese de las negociaciones. Yo habría agradecido más que ella hubiera hecho como su hermana, que nunca dejó de perder el contacto conmigo incluso cuando yo no se lo agradecía. Los años y la madurez me demostraron que seguía ahí y que podía seguir contando con ella aún cuando ella no hacía nada más que preguntar, de vez en cuando, cómo estaba yo y dándome a entender que su casa seguía abierta para cuando yo quisiera.

Le conté a mi Madrina lo que había pasado en mi año del infierno. Al menos le conté una parte (supongo que yo era incapaz de repetir todo lo que ocurrió realmente) Lo se porque así lo expuso al Alto Tribunal Tutelar de Menores a mis catorce años. Y sin embargo a mí me lo negó cuando se lo dije a su hermana. Me insistió en que yo no había sufrido más abusos de los ocurridos cuando yo era un bebé, que todo lo posterior era mentira, que un psicólogo había dicho que no había ocurrido… ¿Creyó al psicólogo antes que a mí? Entonces ¿Porqué esa declaración ante el tribunal a mis catorce años? Hace ocho años, tras todo el tiempo que ella mantuvo su enfado porque yo volviera con mis padres a mis veinte años, había vuelto a abrirme la puerta de su vida para después volver a dar un portazo cuando yo puse el tema ASI sobre la mesa. Y lo hizo ofendida, argumentando -de nuevo- el cuento del psicólogo. Una copia casi exacta de mi hermana, que también niega reiteradamente mis abusos, que sólo reconoce la “seducción” a mi padre a mis trece años, y que también puso una denuncia a mi favor que posteriormente retiró “Porque se había confundido”. Es curioso ese paralelismo. Cuando uno no quiere ver, ninguna prueba le vale.

Revelar a alguien a quien quieres más que a tu vida, como puede ser una madre, una hermana, una tía, un primo, tu mejor amiga... tus abusos o las verdaderas consecuencias de ellos, como una forma de pedir apoyo en los duros momentos por los que pasas y pasarás en tu sanación (y de alguna manera pidiendo apoyo también para homenajear los años que has pasado sola en compañía de éstos a los que tanto aprecias) siempre es duro. Pero si además llevas la decepción de no contar con ese apoyo, es como si algo se rompiera dentro de ti, como perder la tierra bajo tus pies. Si los abusos ya fueron una quiebra en nuestra alma, esto es como si cuando empiezas a recoger los trozos del suelo, uno se resbalara de tus manos y cayera al abismo de donde no vuelve. Si ya tenías que reconstruir el jarrón con una forma nueva porque ya faltaban trozos, ahora es como empezar de nuevo. Ya tienes experiencia, el pegamento ya lo utilizas con agilidad, y lo que has aprendido en el camino para que quede bonito no lo pierdes, pero ¡qué rabia da! ¡Qué impotencia! Ya he dicho alguna vez que es como un duelo, porque pierdes a esa persona a la que apreciabas tanto.

Sigo sintiendo por ella amor, el amor que creo que la gente siente por sus madres, porque siento más amor por ella que por mi madre. Pero también siento miedo, respeto, como si fuera algo inalcanzable. Aún siento que jamás voy a poder ponerme a su altura. De niña creía que era una divinidad, y creo que nunca he abandonado del todo esa idea. A veces la idealizo como una diosa poderosa y justiciera; otras la veo como una deidad caprichosa, que puso su vista en mí, que le inspiré lástima, pero que me abandonó tras rescatarme del cadalso porque le aburría en lo que yo me había convertido. Y ahora empiezo a odiarla por eso. Con todo lo que ha hecho por mí, y no supo terminar lo que empezó…

Parece mentira cómo somos capaces de engañarnos. Cuando estamos enamorados, o cuando hemos admirado a alguien desde la infancia, cuesta un mundo derribarlo del pedestal donde lo pusimos porque somos incapaces de mirar más allá. Sólo cuando por fin lo echamos abajo y tomamos distancia es cuando vemos todas esas señales que mostraban la realidad. Y te pasas un tiempo preguntándote: ¡Pero, ¿seré idiota?! Siempre estuvo ahí, siempre recordé esos detalles que en otras personas me hacen saltar las alarmas. Pero tenía a esa persona tan idealizada que no lo veía. Es como mirar un vestido feísimo pero que, cuando te lo pones, te crees preciosa. Y por más que el mundo te diga que el vestido es feo, tu sigues empeñada en que te gusta, que te sienta bien, pero te niegas instintivamente a mirarte en los espejos o los reflejos de los escaparates. Porque intentas por todos los medios que la realidad no estropee la hermosa imagen que te has formado en la cabeza.

Y aquí ando, derribando ídolos.


“Ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante”
George Orwell (1903 – 1950) Escritor y periodista británico.

1 comentario:

  1. hola buenas noches,hermosas palabras y duras vivencias...me he sentido muy identificada con lo que describes, sobre todo cuando hablas de derribar del pedestal a los que hemos admirado a lo largo de nuestra vida

    eldepesd4

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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