DE REGRESO A LA "EDAD PROHIBIDA"

Los muebles de madera le daban al despacho cierta oscuridad. De todas las personas que estaban en aquella habitación, él destacaba por su manera de moverse y por la cortesía con la que todo el mundo le trataba. Era un hombre de mediana edad, amable y educado. Saludó a mi Madrina con un apretón de manos y a continuación, para mi sorpresa, estrechó la mía con firmeza. Yo tenía quince años recién cumplidos y él era el magistrado que la sala del Tribunal había elegido para decidir sobre mi causa.


En cuanto tomamos asiento, tras la lectura de un texto incomprensible para mí por parte de alguien que no estaba en mi campo de visión, volvió a levantarse y arrastró su silla hasta el otro lado de la mesa, de forma que quedó sentado junto a mí, sin el mueble en medio. Entonces me habló. Durante toda la entrevista, cuando se dirigía a mí, lo hacía mirándome a los ojos y llamándome por mi nombre. En ningún momento desvió la mirada hacia nadie de los que estaban en el despacho para buscar complicidad o aprobación. Creo que fue la primera vez que alguien me trató como a una persona adulta. Esa fue la sensación que me quedó.

No recuerdo toda la conversación, pero si he conseguido retener algunas de sus palabras por lo mucho que me llamó la atención que alguien que no fuera un miembro de una de mis familias se dirigiera a mí en términos tan directos.

–Quiero que tengas muy claro que yo soy quien decide, que lo que yo ordene es lo que va a suceder, y que no volverá a cambiarse mi decisión. ¿Lo comprendes?

–Si, lo comprendo.

–Bien, pues yo quiero hacer lo que tu me pidas. Lo que tu decidas. Tienes quince años, y creo que ya eres bastante mayor para saber qué es lo que deseas. Por eso estás aquí. Quiero que tu me digas, aquí y ahora, dónde quieres vivir, con quién quieres quedarte: Con tus padres o con tu Madrina. Tu decides–. No recuerdo mis palabras exactas, pero desde luego tenía muy claro cual era mi elección.

Diría que ese día fue cuando, por fin, retiraron la Patria potestad a mi padre y se la concedieron a mi Madrina y a su marido. Después de catorce años, a alguien se le había ocurrido la brillante idea de tener en cuenta mi opinión. Mi Madrina me dio un papel -que aún conservo- e insistió repetidamente que lo debía llevar siempre conmigo junto a mi DNI, porque certificaba que, efectivamente, ella era mi tutora y responsable legal a todos los efectos. Debía conservarlo hasta mi mayoría de edad.

Es un recuerdo de mis primeros meses de Años Oscuros y apenas guardo memoria de esa época. Sólo sé que ya había pasado mi Año del Infierno, que llevaba ya uno o dos años con mi Madrina de nuevo y que todo mi mundo de seguridad, ese en el que me refugiaba cuando de niña estaba con mis Padrinos, había cambiado. Ya no estaba en la casa grande de mis Padrinos, ya no vivíamos todos juntos. Cada uno había empezado a crear su propia familia con sus nuevos hogares, sus parejas y sus hijos. Tuve la sensación de que todo el cariño que siempre me habían trasmitido se había fragmentado. Que si quería volver a tener las sensaciones de mi infancia debería hacerlo por separado buscando en cada hermano eso que apreciaba de ellos.

No me lo negaron. Cuando hablaba con ellos, cuando iba a sus casas, cuando compartíamos algo, cuando había una comida o cena familiar, cuando veraneábamos todos juntos en la casa del faro, yo seguía sintiendo esa conexión con ellos, esa sensación de ser uno de ellos, de ser de la familia. Pero algo se había roto en mí, y en pocos meses esa sensación fue sustituida por otra más siniestra que me decía que ellos no eran mi familia, ellos no merecían tenerme en su familia, yo no merecía ese cariño, yo estaba sucia, manchada, infectada. Mi Monstruo me reprochaba cómo había tenido la temeridad de decirle a un juez ¡a un juez! que yo quería seguir viviendo con mi Madrina. ¿Cómo tenía el atrevimiento de seguir en sus vidas después de lo que yo había hecho, después de lo que había dejado que hiciera mi padre conmigo? Y ahora que había visto que durante mi Año del Infierno cada uno había empezado sus propios proyectos personales yo volvía a irrumpir en sus vidas. ¿Cómo tuve la osadía?

Los trece años de abusos pusieron una bomba que estalló bajo mis pies durante el Año del Infierno. Yo creía, hasta hace muy poco, que eso debería haberme hecho madurar más rápido para ser la más aplicada, la adolescente perfecta, la alumna perfecta, la mujer perfecta. Todo para que no se descubriese el crimen cometido y porque tenía la obligación de no defraudar a mis Padrinos, que debía ser alguien como ellos en pago por todos los años que habían invertido en mí, porque ese tiempo y dinero gastado en mi educación primaria no podía caer en saco roto.

Pero no. Yo insistía en intentar dar marcha atrás al reloj y volver a la urna de cristal en la que vivía en casa de mis padrinos cuando tenía ocho años. Recuerdo decirle a una amiga que para mi decimocuarto o decimoquinto cumpleaños dudaba entre hacer una fiesta con música, unos canapés y unas bebidas (como buena adolescente de principios de los 80’) o colgar globos, repartir caramelos y jugar a algo. La respuesta de mi amiga fue como una bofetada: “Con todo lo que has pasado (debí contarle de mis abusos) es raro que aún no hayas madurado, a veces te comportas como una cría”. Ante tales evidencias opté por no celebrar mi cumpleaños. Después de todo a penas tenía amigos. No lo he vuelto a celebrar desde entonces.

Creo que en esa época llegó la desolación. Creo que ahí es donde creé la imagen, que ya he contado aquí, de mi Niña Perdida, abandonada entre los escombros de un holocausto nuclear. Y me llevé el holocausto a la localidad de mis Padrinos. Luchaba insistentemente por volver a la cálida protección que de niña me habían proporcionado tantas veces pero ya no la encontré. Las cosas habían cambiado, yo había cambiado. La vida y las circunstancias me expulsaron del cuento de hadas en el que me refugiaba con mis Padrinos cuando la película de terror que era la casa de mis padres se ponía en pausa, para convertir mi vida en un relato post apocalíptico donde el estraperlo estaba a la orden del día.

Y en mi mundo post apocalíptico no me sentí orgullosa de lo que hice. No había gobierno en mi vida, no había moneda, no había materia prima, no había comida, había tumultos, motines… El pillaje se convirtió en mi forma de vida. todo lo que hiciera falta para sobrevivir. Así me he visto yo durante mis Años Oscuros. Pero sobre todo y por encima de todo, me he visto una fracasada y una ingrata. Mis padrinos habían vuelto a recibirme con los brazos abiertos tras los abusos y yo no les había correspondido como debía. No saqué una carrera universitaria como hicieron ellos. No encontré y mantuve un trabajo de responsabilidad con el que ellos pudieran presumir diciendo “Mira a esta chica tan formal, procede de una familia desestructurada, pero afortunadamente será alguien en la vida”. Por un lado quería que se sintieran orgullosos de mí, y yo no he sido capaz hacer nada de lo que se sintieran orgullosos. Por otro lado, mi empeño en intentar volver a tener ocho años me frustraba y me hacía incapaz de cumplir esas altas expectativas que, estaba convencida, mis Padrinos debían tener conmigo.

Cuando crees que eres la responsable de la aniquilación de tu propio futuro te entran ganas de volver ante ese juez que quiso ser tan justo contigo para decirle que en realidad lo que debería haber hecho es obligarte a volver con tu familia biológica porque esas personas que no son de tu familia no tienen porqué cargar con una inútil como tú. O encerrarte y tirar la llave porque eres material defectuoso.

Siempre he dicho que odio a mi “yo” adolescente. Así como en estos años de Rehabilitación he logrado escuchar a mi Niña Perdida, le he dado voz a través de este blog, y he conseguido perdonar que fuera voluntariamente en busca de su agresor en algunas ocasiones, nunca he conseguido reconciliarme con la adolescente que fui. Apenas he hablado de ella y cuando lo he hecho ha sido en términos de vergüenza por los Años Oscuros que pasé entre el humo de los cigarrillos de los pub que frecuentaba. Ahora que estoy trabajando en terapia los “satélites” de mis abusos, las secuelas y todo lo que ha afectado en mi vida, me he encontrado con el escollo de trabajar con la joven de quince, diecisiete o diecinueve años a la que culpo de ser una “bala perdida”.

Sé, tras estos años, que todo lo que hice en esa época no fue más que la prolongación de los abusos. Que en realidad estaba experimentando las primeras secuelas que me llevaban inevitablemente al desastre con relaciones y adicciones destructivas y con comportamientos muy alejados de la niña que fui. Soy consciente de haber bebido más de la cuenta únicamente para aplacar las imágenes invasivas que tenía, de haberme dejado llevar por los demás sin tener en cuenta mi propia seguridad por Indefensión Aprendida, de haber tenido sexo compulsivo con absolutos extraños y de haber experimentado ira hacia mis Padrinos pagando con ellos mis frustraciones. Se que todo eso es fruto de los abusos. Lo se, pero no me he dado cuenta hasta ahora.

Al igual que tuve que trabajar la culpa de esa niña por sus abusos, que sabiendo que yo no fui responsable de ellos, tardé mucho tiempo en “sentir” que yo sólo fui una víctima, ahora me encuentro de nuevo en la misma tesitura: Conozco la teoría pero aún no consigo llevarla a la práctica. Cuando mi propia terapeuta me señala que yo sólo estaba repitiendo lo que me enseñó mi padre al buscar instintivamente a alguien a quien ofrecerme sexualmente, mi mente me grita de inmediato que no, que eso no es así, que yo ya era mayor, responsable, libre. Si yo hice todo aquello fue porque yo lo quise. Con la cantidad de veces que yo le he explicado esto mismo a otros supervivientes que se sentían igual, con la de ocasiones que he compartido el relato de “El Elefante Encadenado” de Jorge Bucai, parece mentira que yo aún no sea capaz de utilizar la misma vara de medir que utilizo con ellos para mí.

Y ahora que lo estoy trabajando en terapia me doy cuenta que creo que esto está directamente conectado con la relación con mi Madrina a la que siento que le debo casi mi vida y mi situación actual, o al menos una parte de ella. Y no está siendo fácil. Porque mi relación con ella empezó a deteriorarse con rapidez precisamente en esa época y me he dado cuenta de que le estoy echando la culpa a mi “yo adolescente”. Como si haber sufrido trece años de abusos y encontrarme, al volver con mis Padrinos, con que todo había cambiado en mi cuento de hadas, no hubieran tenido nada que ver pero esos cambios hubieran sido culpa mía.

Creo que con trece años, cuando ese juez decidió darle la Patria Potestad a mi Madrina, quise hacer “borrón y cuenta nueva”, como si los abusos no hubieran pasado, como si mi familia biológica no existiera, como si todo aquello hubiera sido un mal sueño. Y que, por lo tanto, mi fracaso en la vida era sola y exclusivamente culpa mía. Un error que muchos supervivientes cometemos y que es lo que hace que después no veamos la relación directa que tienen muchas de nuestras secuelas -que creemos “cosas nuestras”- con los abusos.

Toca conectar. Toca entrar de lleno en mis Años Oscuros, en esa “Edad Prohibida” de la que tanta vergüenza me da hablar. Toca, de nuevo, unir los puntos entre mi Niña Perdida, mi “Yo Adolescente” y mi “Yo Adulta” como ya hice una vez en el pasado. Toca rescatar a esa adolescente que fui y que no merece el castigo al que la tengo sometida.


“La juventud tiene el genio vivo y el juicio débil.”
Homero (VIII AC-VIII AC) Poeta y rapsoda griego.

2 comentarios:

  1. Adolescencia, esa edad en que acabas de aterrizar a medias en el mundo de los adultos pero tienes que tomar decisiones importantes para tu futuro cuando a duras penas sabes cómo funciona la vida real. Si le sumamos los cambios hormonales, la inseguridad de dejar la infancia y de empezar a ver como todo cambia, las ganas de libertad, no saber cómo gestionarla, conflictos generacionales con unos adultos que no sabemos cómo tratarlos, la necesidad de encontrar su espacio en el mundo y la sensación de fracaso absoluto cuando no lo consiguen... todavía se complican más "esos años".

    Y si le sumamos que la adolescente en cuestión carga con 13 años de abusos sexuales infantiles y violaciones a sus espaldas y que en el último año las agresiones han sido de lo más brutales y sádicas, lo raro habría sido que te sacaras los estudios con nota, fueras la primera en su promoción y te convirtieras en una profesional de éxito muy segura de sí misma.

    Desde luego no me gustaría haber estado en tu piel cuando eras niña y tu familia te responsabilizaba de los abusos de tu padre, pero tampoco me habría gustado estar en tu piel más adelante, cuando eras una adolescente y tu Madrina te responsabilizaba por tener secuelas después de 13 años de vejaciones, ¿Te das cuenta? Siempre la misma mierda hasta que volviste a tu localidad. Estabas atrapada en un círculo vicioso, si no era porque tu padre te violaba y supuestamente tú tenías que evitarlo era porque sus abusos te impedían ser feliz y supuestamente tú tenías que encontrar la forma de chasquear los dedos y convertirte en la adolescente que habrías sido si nunca nadie te hubiera agredido en la infancia. Siempre tu culpa, siempre te hacían a ti la responsable de que lo que iba mal funcionara bien, y eso cuando ni siquiera tenías la mayoría de edad. Menuda carga más pesada esa con la que tuviste que lidiar y qué impotente te tuviste que sentir, porque tú no tenías las herramientas para arreglar nada.

    Creo que tu adolescente se merece un abrazo muy fuerte y que alguien le explique no solo que no tiene la culpa sino que tampoco nada fue responsabilidad suya.

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  2. como siempre, mi adiración hacia ti y a lo que has sobrevivido Némesis...la adolescencia es, como dce Nu, una etapa dura para todods, pero en el caso de los adolescentes que ha sido abuados, el caos y la confusión es mucho mayor... un abrazo para esa adolescente que fuiste y para la adulta maravillosa que ahora eres...
    padmini

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Gracias por dejar tu legado en el Averno.

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